"Los comunistas han difundido la idea de que la religión es el opio de los pueblos. Es verdad, porque sirve para frenar las tentaciones de los súbditos, y si no existiera la religión, habría el doble de gente en las barricadas, por eso en los días de la Comuna había poca, y se la pudieron cargar sin tardanza. Claro que, tras haber oído hablar a ese médico austriaco de las ventajas de la droga colombiana, yo diría que la religión también es la cocaína de los pueblos, porque la religión empujó y empuja a las guerras, a las matanzas de infieles, y esto vale para cristianos, musulmanes y otros idólatras: y si los negros de África antes se limitaban a matarse entre ellos, los misioneros los han convertido y los han transformado en tropa colonial, de lo más adecuada para morir en primera línea, y para violar a las mujeres blancas cuando entran en una ciudad. Los hombres nunca hacen el mal de forma tan completa y entusiasta como cuando lo hacen por convencimiento religioso."
Esto dice el capitán Simonini -notario falsificador de documentos-, personaje central en la novela de Umberto Eco El cementerio de Praga.
Mi abuela solía guardar pedazos de telas, de formas y colores diversos, que después iba tejiendo con paciencia y dedicación hasta convertirlos en una gran manta con la que nos arropábamos. Las ideas que circulan por el mundo, de tantos seres tan diversos, deberían ayudar a construir la colcha de retazos que proteja la vida futura en nuestro planeta.
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jueves, 20 de septiembre de 2012
martes, 12 de junio de 2012
"El que espera", cuento de Ray Bradbury
En abril de 1980 me conseguí una revistica de esas dedicadas al esoterismo, que combinaba sus páginas con literatura de ciencia ficción. Me la compré porque traía como novedad un cuento de Ray Bradbury que, supuestamente, debió estar en la versión original de las Crónicas marcianas y que al final aparece en Las maquinarias de la alegría. Aquí se los dejo, como homenaje a la lírica y profusa obra del escritor de Illinois recientemente fallecido. No tengo idea de quién es la traducción, pues no dan ni un solo dato, pero creo que puede ser de Aurora Bernárdez, si el texto fue extraído de la edición de 1976 de Ediciones Minotauro.
¿Serían estos astronautas quizás soldados en Vietnam, Corea o Afganistán, enfrentados al horrendo pozo de la sempiterna guerra de los gringos contra lo que no comprenden?
EL QUE ESPERA
Vivo en un pozo. Vivo como humo en el pozo. Como vapor en una garganta de piedra. No me muevo. No hago otra cosa que esperar. Arriba veo las estrellas frías y la noche y la mañana, y veo el sol. Y a veces canto antiguas canciones de cuando este mundo era joven. ¿Cómo podría decirles qué soy si ni siquiera yo lo sé? No puedo. Estoy simplemente esperando. Soy niebla y luz de luna y memoria. Soy triste y soy viejo. A veces caigo como lluvia en el pozo. Cuando mi lluvia cae de prisa, se despiertan telas de araña en la superficie del agua. Espero en un silencio frío y un día no esperaré más. Ahora es la mañana. Oigo truenos. Huelo fuego rojo a distancia. Oigo ruidos de metal que se rompe. Espero. Escucho. Voces. Muy lejos.
—¡Muy bien! Una voz. Una voz extraña. Una lengua extraña que no conozco. Ninguna palabra familiar. Escucho. —¡Que salgan los hombres! Algo aplasta las arenas de cristal. —¡Marte! ¡De modo que esto es Marte!—¿Dónde está la bandera?—aquí, señor.—bien, bien.
El sol está en lo alto del cielo azul y los rayos de oro caen en el pozo, y yo estoy suspendido como el polen de una flor, invisible y velado a la luz cálida. —En nombre del gobierno de la tierra, llamo a este territorio el territorio marciano, el que será dividido en partes iguales entre las naciones miembros. ¿Qué dicen? Me vuelvo en el sol, como una rueda, invisible y perezoso, dorado e infatigable. —¿Qué hay ahí? —¡Un pozo! —¡No! —Acérquense. ¡Sí! Un calor se acerca. Tres objetos se inclinan sobre la boca del pozo, y mi frío se eleva hacia los objetos. —¡Magnífico! —¿será buena el agua? —Veremos. —Que alguien traiga un frasco de pruebas y una sonda. —¡Yo iré! El sonido de algo que corre. El retorno. —Aquí están.
Espero.
—Bájenlo. Cuidado. Un vidrio brilla, arriba, y desciende en una línea lenta. Unas ondas rizan el agua cuando el vidrio la toca. La toca y se hunde. Me elevo en el aire tibio hacia la boca del pozo. —Ya. ¿quiere probar el agua, Regent? —pásemela. —Qué pozo hermoso. Miren la construcción. ¿Cuántos años tendrá? —Dios sabe. Cuando ayer descendimos en aquel otro pueblo Smith dijo que no ha habido vida en marte desde hace diez mil años. —Mucho tiempo. —¿Cómo es, Regent, el agua? —Pura como plata. Tome un vaso.
El sonido del agua a la luz tibia del sol. Ahora floto como un polvo, un poco de canela, en el viento suave. —¿Qué pasa, Jones? —No sé. Tengo un terrible dolor de cabeza. De pronto. —¿Ya bebió el agua? —no. No es eso. Estaba inclinado sobre el pozo y de pronto se me partió la cabeza. Me siento mejor ahora.
Ahora sé quien soy. Me llamo Stephen Leonard Jones y tengo veinticinco años y acabo de llegar en un cohete desde un planeta llamado Tierra y estoy aquí con mis buenos amigos Regent y Shaw junto a un viejo pozo del planeta marte. Me miro los dedos dorados, morenos y fuertes. Me miro las piernas largas y el uniforme plateado y miro a mis amigos. —¿Qué pasa, Jones? —dicen. —Nada —digo, mirándolos—. Nada en absoluto.
La comida es buena. Han pasado diez mil años desde mi última comida. Toca la lengua de un modo agradable y el vino calienta el cuerpo. Escucho el sonido de las voces. Pronuncio palabras que no entiendo pero que entiendo de algún modo. Pruebo el aire. —¿Qué ocurre, Jones? inclino esta cabeza mía y mis manos descansan en los utensilios plateados. Siento todo. —¿Qué quiere decir? —dice esta voz, esta nueva cosa mía. —Respira de un modo raro. Tosiendo —dice el otro hombre. Pronuncio exactamente: —quizá me estoy resfriando. —Que lo examine el médico más tarde. Muevo la cabeza de arriba abajo, eso es bueno. Es bueno hacer cosas después de diez mil años. Es bueno respirar el aire y es bueno sentir que el calor del sol entra en elcuerpo más y más, y es bueno sentir la estructura de marfil, el hermoso esqueleto debajo de la carne tibia, y es bueno oír sonidos más claros y más cercanos que las profundidades pétreas de un pozo. Me siento muy bien.
—Vamos, Jones, despierta, tenemos que hacer. —Sí —digo, y me maravillan las palabras: se forman como agua en la lengua y caen con una lenta belleza en el aire. Camino y es bueno caminar. Camino y el suelo está a mucha distancia cuando lo miro desde los ojos y la cabeza. Es como vivir en un hermoso acantilado, sintiéndose feliz allí. Regent está junto al pozo de piedra, mirando hacia abajo. Los otros han vuelto a la nave de plata, murmurando entre ellos. Siento los dedos de la mano y la sonrisa de la boca. —Es profundo —digo. —Sí.—Lo llaman pozo del alma. Regent alza la cabeza y me mira. —¿cómo lo sabe? —¿No lo parece acaso? —Nunca oí hablar de un pozo del alma. —Un sitio donde hay cosas que esperan, cosas que una vez tuvieron carne, y esperan y esperan —digo, tocando el brazo del hombre.
La arena es fuego y la nave es fuego de plata al calor del día, y es bueno sentir el calor. El sonido de mis pies en la arena dura. Escucho el sonido del viento y el sol que quema los valles. Huelo el olor del cohete que hierve en el mediodía. Estoy de pie debajo de la compuerta. —¿Dónde anda Regent? —Dice alguien. —Lo vi junto al pozo —replico. Uno de ellos corre hacia el pozo. Empiezo a temblar. Un temblor débil al principio, muy hondo, pero que sube y aumenta. Y por primera vez la oigo, como si estuviese también escondida en un pozo. Una voz que llama dentro de mí, pequeña y asustada. Y la voz grita: déjame ir, déjame ir, y siento como si algo tratara de librarse, algo que golpea las puertas de un laberinto, que corre descendiendo por oscuros pasillos y sube por pasajes, entre aullidos y ecos. —¡Regent está en el pozo! Los hombres corren, cinco de ellos. Corro también, pero ahora me siento enfermo y los temblores son violentos.
—Tiene que haberse caído. Jones, usted estaba con él. ¿Lo vio? ¿Jones? Vamos, hable, hombre. —¿Qué pasa, Jones? Caigo de rodillas, los temblores son irresistibles. —Está enfermo. Vengan, ayúdenme. —El sol. —No, no el sol —murmuro. Me extienden en el suelo y las sacudidas van y vienen como temblores de tierra y la voz profunda que oculta grita dentro de mí: esto es Jones, esto soy yo, esto no es él, esto no es él, no le crean, déjenme salir ¡déjenme salir! y alzo los ojos hacia las figuras inclinadas y parpadeo. Me tocan las muñecas. —El corazón le late muy rápido. Cierro los ojos. Los gritos cesan; los temblores cesan. Me alzo, como en un pozo fresco, liberado. —Está muerto —dice alguien. —Jones ha muerto. —¿De qué? —Un ataque, parece. —¿Qué clase de ataque —digo, y mi nombre es Sessions y muevo los labios, y soy el capitán de estos hombres. Estoy de pie entre ellos y miro el cuerpo que yace enfriándose en las arenas. Me llevo las dos manos a la cabeza. —¡Capitán! —No es nada —digo, gritando—. Sólo un dolor de cabeza. Pronto estaré bien. Bueno —murmuro—. Ya pasó. —Será mejor que nos apartemos del sol, señor. —Sí —digo, mirando a Jones—. No debiéramos haber venido. Marte no nos quiere. Llevamos el cuerpo de vuelta al cohete, y una nueva voz está llamando dentro de mí, pidiendo que la dejen salir. Socorro, socorro. Allá abajo en los túneles húmedos del cuerpo. Socorro, socorro, en abismos rojos entre ecos y súplicas.
Los temblores han comenzado mucho antes esta vez. Me cuesta dominarme. —Capitán, será mejor que se salga del sol; no parece sentirse demasiado bien, señor. —Sí —digo—. Socorro —digo. —¿Qué, señor? —No dije nada. —dijo "socorro", señor. —¿Dije eso, Matthews, dije eso? Han dejado el cuerpo a la sombra del cohete y la voz chilla en las profundas catacumbas submarinas de hueso y mareas rojas. Me tiemblan las manos. Tengo la boca reseca. Me cuesta respirar. Pongo los ojos en blanco. Socorro, socorro, oh socorro, no, no, déjenme salir, no, no. —No —digo. —¿Qué señor? —No importa —digo—. Tengo que librarme —digo. Me llevo la mano a la boca. —¿Qué es eso, señor? —Grita Matthews. —¡Adentro, todos ustedes, volvemos a la tierra! —ordeno.
Tengo un arma en la mano. Levanto el arma. —¡No, señor! Una explosión. Unas sombras que corren. Los gritos se desvanecen. Se oye el silbido de algo que cae en el espacio.luego de diez mil años, qué bueno es morir. Qué bueno sentir de pronto el frío, la distensión. Qué bueno ser como una mano dentro de un guante, una mano que se desnuda y crece maravillosamente fría en el calor de la arena. Oh, la quietud y el encanto de la muerte cada vez más oscura. Pero es imposible detenerse aquí. Un estallido, un chasquido. —¡Dios santo, se mató él mismo! —grito, y abro los ojos y allí está el capitán acostado contra el cohete, el cráneo hendido por una bala, los ojos abiertos, la lengua asomando entre los dientes blancos. Le sangra la cabeza. Me inclino y lo toco—. Qué locura —digo—.¿por qué hizo eso? Los hombres están horrorizados. De pie junto a los dos muertos, vuelven la cabeza para mirar las arenas marcianas y el pozo distante donde Regent yace flotando en las aguas profundas. Los labios secos emiten un graznido, un quejido, una protesta infantil contra este sueño de espanto. Los hombres se vuelven hacia mí. Al cabo de un rato, uno de ellos dice: —ahora es usted el capitán, Matthews. —Ya sé —digo lentamente. —Sólo quedamos seis. —¡Dios santo, todo fue tan rápido! —No quiero quedarme aquí, ¡vámonos! Los hombres gritan. Me acerco a ellos y los toco, con una confianza que es casi un canto dentro de mí. —Escuchen —digo, y les toco los codos o los brazos o las manos. Todos callamos ahora. Somos uno. ¡No, no, no, no, no, no! voces interiores que gritan, muy abajo, en prisiones. Nos miramos. Somos Samuel Matthews y Raymond Moses y William Spaulding y Charles Evans y Forrest Cole y John Summers, y no decimos nada y nos miramos las caras blancas y las manos temblorosas. Nos volvemos, como uno solo, y miramos el pozo. —Ahora —decimos. No, no, gritan seis voces, ocultas y sepultadas y guardadas para siempre. Nuestros pies caminan por la arena y es como si una mano enorme de doce dedos se moviera por el fondo caliente del mar.
Nos asomamos hacia el pozo, mirando hacia abajo. En la fresca profundidad seis caras nos devuelven la mirada. Uno a uno nos inclinamos hasta perder el equilibrio, y uno a uno caemos en la boca del pozo a través de la fresca oscuridad hasta las aguas tibias. El sol se pone. Giran las estrellas en el cielo nocturno. Lejos, un destello de luz. Otro cohete que llega, dejando marcas rojas en el espacio.
Vivo en un pozo. Vivo como humo en un pozo. Como vapor en una garganta de piedra. Arriba, veo las estrellas frías de la noche y la mañana, y veo el sol. Y a veces canto antiguas canciones de cuando este mundo era joven. ¿Cómo podría decirles qué soy si ni siquiera yo lo sé? No puedo.
Estoy simplemente esperando.
lunes, 21 de mayo de 2012
La querella de Carlos Fuentes (1928-2012)
Interrogar sobre la identidad mexicana y -por extensión-, la identidad latinoamericana y su confrontación con la cultura norteamericana, constituye quizás la mayor preocupación intelectual del escritor Carlos Fuentes, recientemente fallecido en México. A continuación reproduzco un pequeño fragmento de un escrito suyo titulado "La querella del nuevo mundo", publicado en el desaparecido Magazín Dominical del diario El Espectador el 19 de mayo de 1985.
"...La frontera de dos mil quinientos kilómetros de largo entre México y los Estados Unidos es algo más que la frontera entre los Estados Unidos y México. Es la frontera entre los Estados Unidos y toda la América Latina, pues la América Latina empieza en la frontera mexicana, y los mexicanos, que en 1847 perdimos la mitad de nuestro territorio (California, Texas, Arizona, Nuevo México, Colorado, Utah, Nevada) lo sabemos muy bien.Es la única frontera entre el mundo industrializado y el mundo en desarrollo. De allí los contrastes brutales, los conflictos económicos y el movimiento del mercado de trabajo.
Es la frontera entre dos memorias: la memoria del triunfo y la memoria de la pérdida, expresada por la famosa exclamación del dictador mexicano Porfirio Díaz: ¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!
La vecindad con Norteamérica ha sido un factor determinante del sentido de identidad nacional y cotidianidad cultural de México.
Hacemos muchas cosas no sólo en nombre propio, sino para defender a Nicaragua o a Chile, a Colombia o a Bolivia. La mentalidad jurídica norteamericana obra a partir de antecedentes, no de leyes escritas. Hay que impedir que ciertos precedentes se establezcan y cobren fuerza de ley.
Finalmente, esta es la frontera entre dos culturas: la cultura protestante, capitalista, nórdica, y la cultura del sur, indomediterránea, católica.
Nuestros rostros se miran a lo largo de esta frontera que acaba convirtiéndose en la frontera interior que cada uno posee. Todo latinoamericano tiene una frontera con los Estados Unidos. Y antes que el siglo termine, cada norteamericano descubrirá que tiene una frontera personal con la América Latina.
Esta es una frontera viviente, que puede ser alimentada por la información y sobre todo por el conocimiento, por la comprensión, por la búsqueda de soluciones equitativas. O puede ser devorada por la sospecha, los cuentos de fantasmas, la arrogancia, el desprecio y la violencia." (...).
martes, 14 de junio de 2011
Jorge Luis Borges
jueves, 5 de mayo de 2011
Celebremos con poesía la Feria del libro
Celebramos el inicio de la fiesta del libro en Bogotá con literatura, claro.
En esta ocasión, la poeta caleña Orietta Lozano. Un par de poemas de su libro Resplandor del abismo, publicado por la Universidad Externado en la colección Un libro por centavos, número 68, que debió ser el 69, más acorde con el erotismo que rezuma la poesía de Orietta.
Pensamiento
Vengo del silencio,
mis ojos se secaron como el agua de hace siglos.
Me lancé al vértigo de lo extraño y accesible
al final fantástico, al comienzo.
Senté a la muerte en mi silla paralela,
nos miramos y supimos que estábamos perdidas
supimos de la cita misteriosa,
todo lugar era el exacto, cualquier hora la precisa.
Los hombres la miraban como una doncella condenada,
la contemplaban indecisos, la injuriaban,
y ella la de tantas muertes, se protegía el rostro
con mis manos,
ella siempre supo de mi sueño,
que la buscaba a lo largo de un pasillo,
en lo oscuro de una cueva,
en la geometría de las casas;
y con el miedo de una niña pálida
que acude a su primera cita, a su primera muerte
se aposentó en mi regazo suavemente
buscando para su juego
el final fantástico, el comienzo.
Danza
¿Qué voz hace crujir el vestido de seda
de esta noche,
entreabrir sus muslos tiernamente
y desnudar su espalda de mujer?
Parece ser el canto ebrio de bacantes,
o el susurro lejano de una viuda
o la lluvia entrecortada de una novia.
¿Qué voz extraña hace que el viento
se levante y dance,
y la luna galope en el lomo del caballo,
y el lago abra su ojo cristalino más que nunca?
Levántate amor. La noche espera ser ungida,
sacrificada como una diosa frágil
entre los brazos de la tierra.
A leer pues. Vengan y visiten la 24a Feria Internacional del Libro de Bogotá
En esta ocasión, la poeta caleña Orietta Lozano. Un par de poemas de su libro Resplandor del abismo, publicado por la Universidad Externado en la colección Un libro por centavos, número 68, que debió ser el 69, más acorde con el erotismo que rezuma la poesía de Orietta.
Pensamiento
Vengo del silencio,
mis ojos se secaron como el agua de hace siglos.
Me lancé al vértigo de lo extraño y accesible
al final fantástico, al comienzo.
Senté a la muerte en mi silla paralela,
nos miramos y supimos que estábamos perdidas
supimos de la cita misteriosa,
todo lugar era el exacto, cualquier hora la precisa.
Los hombres la miraban como una doncella condenada,
la contemplaban indecisos, la injuriaban,
y ella la de tantas muertes, se protegía el rostro
con mis manos,
ella siempre supo de mi sueño,
que la buscaba a lo largo de un pasillo,
en lo oscuro de una cueva,
en la geometría de las casas;
y con el miedo de una niña pálida
que acude a su primera cita, a su primera muerte
se aposentó en mi regazo suavemente
buscando para su juego
el final fantástico, el comienzo.
Danza
¿Qué voz hace crujir el vestido de seda
de esta noche,
entreabrir sus muslos tiernamente
y desnudar su espalda de mujer?
Parece ser el canto ebrio de bacantes,
o el susurro lejano de una viuda
o la lluvia entrecortada de una novia.
¿Qué voz extraña hace que el viento
se levante y dance,
y la luna galope en el lomo del caballo,
y el lago abra su ojo cristalino más que nunca?
Levántate amor. La noche espera ser ungida,
sacrificada como una diosa frágil
entre los brazos de la tierra.
A leer pues. Vengan y visiten la 24a Feria Internacional del Libro de Bogotá
lunes, 14 de febrero de 2011
Jaime Paredes Pardo y los mineros
Quebrantos de salud no me han dejado energías suficientes en estos días como para aparecer por aquí con más frecuencia. Pero, bueno, he vuelto.
Hoy quiero compartir algo que encontré mientras ponía un poco de orden en mi lugar de trabajo: un libro, por cierto descuadernado y bastante maltratado por el tiempo, del que no tengo idea o no recuerdo cómo llegó a mis manos; un libro con unas maravillosas fotografías tomadas por el cartagenero Nereo, acompañadas de unos textos dotados de gran sensibilidad, del escritor payanés Jaime Paredes Pardo. O, viceversa.
Los que esperan y su imagen, así se llama el libro de Tercer Mundo Editores publicado en 1965, de donde he extraído este material que les dejo como complemento a los comentarios que hacía por estos días en Twitter, sobre la cínica manera de ver de los gobernantes dos temas que tocan profundamente con nuestra cotidianidad: el asunto de poner a la gente a cotizar más años para pensionarse y el hecho de que los mineros se hayan puesto de "moda", no precisamente porque habría un "revolcón" para sacarlos de las penurias y malvivencia que les da esta profesión en Colombia, sino más bien porque quieren hacer ver que como la minería "informal" es mala, lo que debe hacerse es entregar el oficio a los que -supuestamente- sí la harían bien: las multinacionales.
Por su lado, habría qué preguntar a un hombre de las minas de carbón quien, a los siete años de estar en un socavón ya tiene los pulmones deshechos y un sistema de salud que no atiende sus necesidades, qué le diría al ministro de la Protección Social, cuando afirma que todos "los colombianos hemos aumentado el promedio de vida", argumento con el que salió a defender el mico en el Plan de Desarrollo para aumentar la edad exigida para la pensión.
Negros

En la tierra, en los más hondo, viven el carbón y los párpados amarillos del oro. Únicamente el taladro y las uñas de las picas se atreven a andar por esos pasadizos, además de una familia que respira pedazos de pulmón y que cuando sale a la luz trae en la cara la piel de los socavones. Es una mancha que no se les borra a pesar de que las mujeres lavan los pañales en la espuma, y a pesar de la leche que mecen en los pechos y que deja en los labios del recién nacido el sabor de una burbuja blanca. Su historia la guardan en un tambor que la cuenta de padres a hijos con una garganta de cuero. En ella siempre habrá un río que llega como un abuelo después de un largo viaje, en el cual sólo conoció la miseria, pero a quien todos salen a encontrar a la playa porque les sigue hablando con benevolencia. El alba y los ojos de algodón de un niño que se quedó esperando el regreso de una canoa que volverá en la tarde con el padre que no sabrá explicarle por qué los días terminan en el hambre. Y el eco del pasado como una vida que aún les duele. La marca de candela y hierro, el látigo, el oro que les dejó en las manos una herida dorada, las cadenas y la mortaja de moscas con que enterraban desnudos a los muertos. Las puertas negras de la mina, toda la tierra, todo el mundo como una casa negra con una ventana desde donde miran pasar las balsas que suben en diciembre con la procesión de los santos blancos.

Hoy quiero compartir algo que encontré mientras ponía un poco de orden en mi lugar de trabajo: un libro, por cierto descuadernado y bastante maltratado por el tiempo, del que no tengo idea o no recuerdo cómo llegó a mis manos; un libro con unas maravillosas fotografías tomadas por el cartagenero Nereo, acompañadas de unos textos dotados de gran sensibilidad, del escritor payanés Jaime Paredes Pardo. O, viceversa.
Los que esperan y su imagen, así se llama el libro de Tercer Mundo Editores publicado en 1965, de donde he extraído este material que les dejo como complemento a los comentarios que hacía por estos días en Twitter, sobre la cínica manera de ver de los gobernantes dos temas que tocan profundamente con nuestra cotidianidad: el asunto de poner a la gente a cotizar más años para pensionarse y el hecho de que los mineros se hayan puesto de "moda", no precisamente porque habría un "revolcón" para sacarlos de las penurias y malvivencia que les da esta profesión en Colombia, sino más bien porque quieren hacer ver que como la minería "informal" es mala, lo que debe hacerse es entregar el oficio a los que -supuestamente- sí la harían bien: las multinacionales.
Por su lado, habría qué preguntar a un hombre de las minas de carbón quien, a los siete años de estar en un socavón ya tiene los pulmones deshechos y un sistema de salud que no atiende sus necesidades, qué le diría al ministro de la Protección Social, cuando afirma que todos "los colombianos hemos aumentado el promedio de vida", argumento con el que salió a defender el mico en el Plan de Desarrollo para aumentar la edad exigida para la pensión.
Negros

En la tierra, en los más hondo, viven el carbón y los párpados amarillos del oro. Únicamente el taladro y las uñas de las picas se atreven a andar por esos pasadizos, además de una familia que respira pedazos de pulmón y que cuando sale a la luz trae en la cara la piel de los socavones. Es una mancha que no se les borra a pesar de que las mujeres lavan los pañales en la espuma, y a pesar de la leche que mecen en los pechos y que deja en los labios del recién nacido el sabor de una burbuja blanca. Su historia la guardan en un tambor que la cuenta de padres a hijos con una garganta de cuero. En ella siempre habrá un río que llega como un abuelo después de un largo viaje, en el cual sólo conoció la miseria, pero a quien todos salen a encontrar a la playa porque les sigue hablando con benevolencia. El alba y los ojos de algodón de un niño que se quedó esperando el regreso de una canoa que volverá en la tarde con el padre que no sabrá explicarle por qué los días terminan en el hambre. Y el eco del pasado como una vida que aún les duele. La marca de candela y hierro, el látigo, el oro que les dejó en las manos una herida dorada, las cadenas y la mortaja de moscas con que enterraban desnudos a los muertos. Las puertas negras de la mina, toda la tierra, todo el mundo como una casa negra con una ventana desde donde miran pasar las balsas que suben en diciembre con la procesión de los santos blancos.

martes, 2 de noviembre de 2010
EL RÍO, de Fernando Garavito

Según la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca este texto inédito de Fernando Garavito fue cedido por el autor a Tejido de Comunicación para que lo publicara en la revista "Carpintero", pero nunca se publicó; se conoce ahora que aparece en la red a través del correo electrónico.
Por Fernando Garavito
EL RÍO
Cualquier día el río salió de las manos de Dios. Antes no existían las llanuras ni las montañas, y no había riberas ni vertientes, ni pequeños valles para que las aguas descansaran de su agitado ir y venir, ni precipicios para que cayeran en un abismo sin fondo. Entonces el río comenzó a ir a ciegas y a tropezar una vez y mil veces, a enredarse en sus propias aguas y corrientes y a avanzar por un camino sin retorno. Era la época en que las cosas apenas comenzaban y había terremotos y volcanes y los continentes navegaban por las aguas del mar como barcos abiertos con todas las velas desplegadas.
En medio de ese cataclismo el río llegó a todas las regiones, se cobijó bajo todos los cielos, fue él mismo bajo las aguas del mar y él mismo al subir a las cumbres nevadas a tratar de ser eterno bajo la mirada del sol. Fue entonces cuando nacieron los hombres que aprendieron a ir hasta sus orillas a cumplir oficios tan sencillos como descansar o jugar a la pelota, o inventarse lenguajes para poder hablar. Junto a él crecieron palabras transparentes como la palabra agua, o términos para soñar, como la palabra vuelo y la palabra camino, y también la palabra muerte que es el vuelo que no termina jamás. Poco a poco los hombres aprendieron a entrar en el río, a atravesarlo, algunos se aventuraron a ir un poco más allá de la primera curva, muchos se hirieron con las piedras del fondo o hundieron los pies en las arenas o sintieron entre las piernas la caricia estremecedora de las anguilas o se dejaron llevar por la corriente hasta los remolinos, donde terminaron por ahogarse asombrados ante la fuerza misteriosa del conocer y el conocerse. Así, el río fue la sed y fue el agua para saciarla, fue el viaje y el hecho de embarcarse, y la nave y el viento para correr entre las velas.
Cierta vez uno de ellos quiso ir hasta el límite. Iba con la mirada que tienen los iluminados, el cayado y la brújula y un zurrón para llevar los alimentos y una honda para cazar y para defenderse del peligro. “Ya volveré”, les dijo a los demás, “cuando sepa qué existe más allá del allá, cuando vea con mis propios ojos qué esconden los meandros, y compruebe cómo las lianas dejan caer su línea dorada desde las copas de los árboles, para que en ellas las mariposas encuentren la forma de ser aéreas en su universo de colores.” Entonces comenzó a pasar el tiempo hasta que todos lo olvidaron. De vez en cuando alguien tenía sobre él una memoria trémula, que no lograba precisar ni el por qué ni el para qué de un viaje, que en el oficio de los términos alguien llamó odisea, palabra que, tal vez, quiera decir viaje en el laberinto.
Pasaron trescientos años, quizás uno más, uno menos, hasta que cierto día un hombre quiso entrar a una casa que no era su casa. En la mirada tenía la visión de las aguas profundas, y su barba estaba poblada de ramas secas y de arbustos, las orejas le habían crecido para oír los sonidos del mundo, y sus palabras decían cosas olvidadas por todos, como catalejo o astrolabio o rosa de los vientos. “Soy el que fui”, dijo el hombre ante los ojos asombrados de quienes recordaban haber oído hablar de él, como una leyenda, que venía desde el tiempo de los abuelos de los abuelos de sus padres. “No alcancé a llegar hasta el fin del mundo que es el sitio donde termina el río, pero en él conocí el fuego misterioso que abriga el corazón de la mujer, y fue en ese corazón donde me sumergí en un misterio infinito; estuve, también, con los cíclopes y con los unicornios; en la tribu de los reducidores de cabezas me senté al pie del estrado donde escriben los autores de dogmas y de doctrinas, y allí comprobé que sus palabras provocan cambios en el curso del río, que se ve obligado a buscar senderos donde el aire no esté contaminado, y vertientes donde no haya espejismos.” “He acumulado en mí –dijo el hombre– el conocimiento del mundo. Debo escribirlo para que quienes vengan después no pierdan esa memoria. Tal vez me demore doscientos años o más en terminarla, pero en ella estará todo lo que es necesario saber, desde la existencia de Dios, al que llamaré con todos los nombres conocidos, hasta los elementos, y las leyes de la física y de la botánica. Comprobaré que la Tierra es plana y que está en el centro de la creación, que el hombre es a su vez el centro de ese centro, y que su conciencia es la que impulsa lo creado y lo que aún está por crearse; describiré los animales, las categorías de los ángeles, los círculos del infierno; precisaré las leyes naturales y me extenderé sobre el trivium y el quadrivium, diré qué es verdad y, al hacerlo, le pondré fin a los cismas y a los sofismas, cualquiera tendrá sobre su mesa el río que recorrí palmo a palmo, al abrir sus páginas encontrará las selvas y las estrellas y oirá los vientos huracanados y las tempestades que se levantan en el centro del mar.” El hombre selló sus labios y se dedicó a su tarea.
En un comienzo todos veían la lucecita de su habitación encendida hasta la madrugada, pero poco a poco fueron olvidándolo mientras cada cual se dedicaba a sus asuntos, los campesinos a sembrar el trigo y a cosechar el milagro del pan en la cocina, los herreros a forjar las coronas del rey y las herraduras de las bestias, la muerte a distribuir las epidemias y a ahondar en el dolor y la miseria. Mucho tiempo después (como esta es una historia antigua ya nadie recuerda las fechas ni las anécdotas), un muchacho quiso atravesar el pueblo acortando camino por las habitaciones. Al abrir esa puerta que nadie tocaba desde años inmemoriales, una bocanada de aire fresco lo golpeó de lleno en el rostro y el pecho. Allí estaba el hombre, recostado sobre su mesa, y en el libro que tenía abierto ante sí se alcanzaba a leer la palabra “umbral” escrita con caligrafía minuciosa. El muchacho llamó a los vecinos: “vengan”, “vengan”, gritó a voz en cuello mientras del libro salían las guacamayas de colores que sólo se conocen en los mares del sur, salían Islandia y el Taj Mahal y la Tierra del Fuego, y un conejo vestido de etiqueta consultando su reloj de bolsillo, aparte de un globo aerostático y Louis Pasteur junto a su microscopio, y la Muralla China aplastada por la solemnidad de los emperadores, y el Réquiem escrito para sí mismo por un hombre joven que murió de fiebres reumáticas, y la ballena blanca perseguida por un marino hundido en la demencia…
Después, cuando volvió la calma, cuando cada una de las cosas hubo tomado su rumbo cierto y distinto hacia el sitio que llegarían a ocupar en la memoria de los hombres, surgió del libro una última figura. Era leve y venía envuelta en la armonía de sus movimientos, que salían de su fuerza interior, de su serena mirada profunda. Ella era la brisa que detiene el curso de las tempestades, la encrucijada que señala el mejor de los caminos posibles, en sus brazos nacían los vientos alisios, y su sonrisa era un rayo de sol sobre un magnolio cubierto de rocío. “El conocimiento es infinito”, dijo con una voz tranquila, que se oyó como el agua que fluye en los arroyos de los campos. “Cada uno de nosotros lo seguirá como se sigue la corriente de un río que se bifurca. Todos bajarán hasta su orilla, pero no todos se hundirán en sus aguas, algunos lo remontarán con dificultad, pero los más irán corriente abajo, sin que ninguno encuentre jamás su nacimiento o su desembocadura, algunos avanzarán más que otros, algunos se sentarán en una piedra a contemplar el infinito, otros sufrirán la desazón de quien sabe qué debe hacer pero no sabe cómo hacerlo. Pasarán muchos siglos pero algún día llegará el tiempo en que el hombre encontrará la mejor manera de enfrentar sus desafíos, y habrá algunos que sabrán cómo ayudar a los demás a seguir su camino…”
Cuando su figura comenzó a esfumarse en el aire, aquel que la amó por el sólo hecho de verla, quiso saber quién era, y ella, con una voz que se perdió en el tiempo, alcanzó a contestarle: “Me llamo Priscilla Welton. Fui maestra.”
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Lecturas: Hermenegildo Sábat

De los artistas latinoamericanos, el uruguayo Sábat es uno de mis preferidos. Desde hace más de treinta años publica sin falta su grafismo en las páginas del diario Clarín de Buenos Aires, Argentina, donde reside desde 1966. Con un toque de ironía y surrealistas metáforas, en el libro Siguen las firmas nos muestra una pléyade de artistas del siglo veinte; desde Picasso hasta Francis Bacon pasando por Lennon y Yoko Ono.
He aquí un vistazo muy corto.

Coedición entre la Universidad Nacional de Quilmes y el Fondo de Cultura Económica en 2006.


lunes, 30 de agosto de 2010
Jairo Anibal, gracias por las alas

Lamentable el deceso, hoy lunes, del escritor y dramaturgo de origen boyacense, Jairo Anibal Niño, quien escribiera toda su vida "a los niños del mundo, pasado, presente y futuro de la especie humana. A los niños y niñas, que a pesar del horror, la violencia y el maltrato, conservan las alas de los sueños. A los niños que crecen en el corazón de los adultos".
Haciendo honor a su apellido, Jairo Anibal nunca dejó de ser Niño; ese niño que por siempre nos acompañará a quienes tuvimos la oportunidad de sentir su calor infantil, a quienes hemos aprovechado la ocasión de visitar el maravilloso país de sus libros.
Jairo Anibal, gracias por las alas que le diste al niño que llevo en mi.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Lecturas: Fredric Brown

Fredric Brown (1906 - 1972)
Lo que queda después de la Feria del Libro, lecturas. Qué rico.
Comparto en estos días algunas. Hoy se trata del autor estadounidense Fredrick Brown autor de El centinela, citado por Umberto Eco en su libro Historia de la fealdad a propósito de cómo lo feo y lo bello puede invertirse dependiendo del ángulo desde donde se mire.
EL CENTINELA
"Estaba completamente empapado y cubierto de barro; tenía hambre y frío y se hallaba a ciento cincuenta mil años luz de su casa. Un sol extranjero le iluminaba con una gélida luz azul y la gravedad, dos veces mayor de lo habitual, convertía cada movimiento en una agonía de cansancio Los de la aviación lo tenían fácil, con sus aeronaves relucientes y sus superarmas; pero cuando se llega al momento crucial, le corresponde al soldado de a pie, a la infantería, tomar la posición y conservarla, con sangre, palmo a palmo. Como este jodido planeta de una estrella de la que jamás había oído hablar hasta que lo habían enviado. Y ahora era suelo sagrado porque también había llegado el enemigo. El enemigo, la única otra raza inteligente de la galaxia... crueles, asquerosos, repugnantes monstruos... Estaba completamente empapado y cubierto de barro; tenía hambre y frío, y el día era gris y barrido por un viento violento que le molestaba en los ojos. Pero los enemigos intentaban infiltrarse y era vital mantener las posiciones avanzadas. Estaba alerta, con el fusil preparado Entonces vio a uno de ellos arrastrándose hacia él. Apuntó y disparó. El enemigo emitió aquel grito extraño, terrorífico, que todos emitían, y ya no se movió. El grito, la visión del cadáver lo hicieron estremecer. Muchos se habían acostumbrado con el paso del tiempo y ya no le prestaban atención; pero él, no. Eran criaturas demasiado asquerosas, con solo dos brazos y dos piernas, y aquella piel de un blanco nauseabundo y sin escamas...".
miércoles, 18 de agosto de 2010
sábado, 14 de agosto de 2010
jueves, 12 de agosto de 2010
martes, 22 de junio de 2010
martes, 2 de febrero de 2010
Poesía de Ángela Tello
Del libro "De raíces y alas", publicado en 1997, estos leves y delicados versos de la poeta colombiana (Santander de Quilichao, Cauca).
Como para aliviar un poco las horas de sequía y calor que nos trae el fenómeno "del niño" por estos días.

Extravío
Desperté
regué mi cuerpo y lo vestí de deseo.
Observé mi rostro en el espejo
y descubrí que me faltabas para salir al mundo.
Al otro lado del espejo
era habitada
de oscuridad, tedio, agotamiento,
ausencia, miedo y extravío.
Quebré el espejo
y me observo desde muchos pedazos
que no he podido unir.
Me encuentro fragmentada,
aguardo tu regreso.
Huellas
Con tus viejos zapatos embarrados
llegas a casa
y ensucias el salón de las visitas.
Todos los que te observan
recriminan la huella de tus pasos.
Nadie descubre en mí
las que dejas después de tu partida.
Como para aliviar un poco las horas de sequía y calor que nos trae el fenómeno "del niño" por estos días.

Extravío
Desperté
regué mi cuerpo y lo vestí de deseo.
Observé mi rostro en el espejo
y descubrí que me faltabas para salir al mundo.
Al otro lado del espejo
era habitada
de oscuridad, tedio, agotamiento,
ausencia, miedo y extravío.
Quebré el espejo
y me observo desde muchos pedazos
que no he podido unir.
Me encuentro fragmentada,
aguardo tu regreso.
Huellas
Con tus viejos zapatos embarrados
llegas a casa
y ensucias el salón de las visitas.
Todos los que te observan
recriminan la huella de tus pasos.
Nadie descubre en mí
las que dejas después de tu partida.
lunes, 25 de enero de 2010
Cortázar para curar el espíritu
Ya que en este oscuro y eterno día del uribato el cuerpo enfermo por la peste de la seguridad democrática no tiene cura, les traigo un aliciente espiritual: la poesía permutante del argentino Julio Cortázar (1914-1984).
Especie de "arma-todo" lírico, esta pieza maestra del singular escritor apareció en Territorios, obra recopilatoria de textos suyos sobre artistas plásticos, publicada por primera vez en 1978 por Siglo XXI Editores.

Hacer clic en la imagen para degustarla en un buen tamaño.
Especie de "arma-todo" lírico, esta pieza maestra del singular escritor apareció en Territorios, obra recopilatoria de textos suyos sobre artistas plásticos, publicada por primera vez en 1978 por Siglo XXI Editores.

Hacer clic en la imagen para degustarla en un buen tamaño.
martes, 4 de agosto de 2009
Al pueblo nunca le toca
Dejándome llevar por las olas del verbo en internet arribé a un blog publicado por "un hombre sin importancia colectiva, exactamente un individuo": http://la-pasion-inutil.blogspot.com. Buen puerto. Con muy interesantes comentarios y reseñas de libros, revistas y cómics.
Encontré allí un escrito sobre la novela del bogotano Álvaro Salom Becerra (1922-1987), Al pueblo nunca le toca, que me motiva a continuar con el tema propuesto en la anterior entrada de este blog: la característica de inamovilidad y perennidad de la cultura política en Colombia.
Como caricaturista, observador de la cotidianidad de nuestra clase dirigente por más de dos décadas, coincido plenamente con la tesis propuesta por Salom Becerra en esta novela: al "pueblo", que participa siempre en las "justas democráticas" (depositar votos en una urna), en realidad nunca le toca en la repartición de lo que deberían ser los beneficios mínimos de una sociedad tal. Digamos, por ejemplo, dignidad y respeto; igualdad ante la justicia; educación y alimentación decentes para forjarse como individuo pensante; y derecho a una libertad verdadera para actuar y contribuir en la construcción de sociedad.
Este autor, a quien considero un gran caricaturista aunque no dibujara con su pluma, nos describe con la más ácida y mordaz vehemencia la desfachatez y falta de escrúpulos de nuestra clase política que, en los tiempos que corren, no ha tenido el más mínimo asomo de vergüenza para aliarse con los malandrines más cobardes y tenebrosos para hacerse con los jugosos beneficios del poder.
Yo, la verdad, no he encontrado en otro autor bogotano, ni colombiano quizás, tanta concentración de ácido cítrico y malicioso veneno para relatar las ordinarias vidas de sus personajes atrapados en el embeleco "liberal-conservador". Valga la ocasión para recordar y recomendar la lectura de la obra de Álvaro Salom Becerra:
Don Simeón Torrente ha dejado de... deber. Bogotá, Tercer Mundo, 1969
El delfín. Bogotá, Tercer Mundo, 1973
Un tal Bernabé Bernal. Bogotá, Tercer Mundo, 1975
Al pueblo nunca le toca. Bogotá, Tercer Mundo, 1980.
No tengo idea en qué estado se encuentra la edición actual de estas obras, si se consiguen, o, incluso, si hay por ahí, enredadas en la red, versiones digitales para bajar. Valdría la pena investigar un poco y compartir su lectura.
Encontré allí un escrito sobre la novela del bogotano Álvaro Salom Becerra (1922-1987), Al pueblo nunca le toca, que me motiva a continuar con el tema propuesto en la anterior entrada de este blog: la característica de inamovilidad y perennidad de la cultura política en Colombia.
Como caricaturista, observador de la cotidianidad de nuestra clase dirigente por más de dos décadas, coincido plenamente con la tesis propuesta por Salom Becerra en esta novela: al "pueblo", que participa siempre en las "justas democráticas" (depositar votos en una urna), en realidad nunca le toca en la repartición de lo que deberían ser los beneficios mínimos de una sociedad tal. Digamos, por ejemplo, dignidad y respeto; igualdad ante la justicia; educación y alimentación decentes para forjarse como individuo pensante; y derecho a una libertad verdadera para actuar y contribuir en la construcción de sociedad.
Este autor, a quien considero un gran caricaturista aunque no dibujara con su pluma, nos describe con la más ácida y mordaz vehemencia la desfachatez y falta de escrúpulos de nuestra clase política que, en los tiempos que corren, no ha tenido el más mínimo asomo de vergüenza para aliarse con los malandrines más cobardes y tenebrosos para hacerse con los jugosos beneficios del poder.
Yo, la verdad, no he encontrado en otro autor bogotano, ni colombiano quizás, tanta concentración de ácido cítrico y malicioso veneno para relatar las ordinarias vidas de sus personajes atrapados en el embeleco "liberal-conservador". Valga la ocasión para recordar y recomendar la lectura de la obra de Álvaro Salom Becerra:
Don Simeón Torrente ha dejado de... deber. Bogotá, Tercer Mundo, 1969
El delfín. Bogotá, Tercer Mundo, 1973
Un tal Bernabé Bernal. Bogotá, Tercer Mundo, 1975
Al pueblo nunca le toca. Bogotá, Tercer Mundo, 1980.
No tengo idea en qué estado se encuentra la edición actual de estas obras, si se consiguen, o, incluso, si hay por ahí, enredadas en la red, versiones digitales para bajar. Valdría la pena investigar un poco y compartir su lectura.
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